Miedo a sentir

  
  

Hay gente con miedo a sentir.

A sentir tanto, que se desvisten una noche, se les cuela el alma en medio del juego de las miradas y es ahí cuando salen a correr, para que cualquier cuerpo, a partir de ese instante se convierta en refugio. En refugio pero nunca en hogar. 
Y al final se quedan almas vagabundas de cuerpos piratas. 
Y riegan el ansiedad de haberse perdido un amor con mensajes baratos, risas turbias y noches de alcohol donde enredar el pelo de cualquiera en las manos que otra boca buscan con verdad.  
Y sí. Hay cuerpos que le niegan al corazón la virtud de cumplir su función. La de amar. La de temblar de pasión repitiendo noche tras noche los gemidos bajo el mismo nombre. 
Yo soy el capitán de mi alma. No la dejo a la deriva. Me la llevo en busca de historias. De abrazos y de besos. De complicidad. Dure lo que dure, pero con amor. Que no tiene por qué ser eterno, pero si sincero. Y cada noche lo repito un poco más alto, si te vas a ir después de arañarme la piel, vete antes de que la herida me sangre hasta el alma.